Danielian

Por Carnota, Walter F.

Cualquiera vinculado al medio jurídico argentino del último medio siglo habrá sin duda escuchado este apellido. Muchos tuvimos el honor de tratarlo, con más o menos frecuencia. Recientemente, falleció a los 83 años de edad, don Miguel Danielian, quien dirigió durante mucho tiempo la Biblioteca de la Corte Suprema de Justicia de la Nación (1977-1996).

 

Las bibliotecas en Argentina (y más las que dependen del Estado) muchas veces han servido para los exilios administrativos. No era el caso de Don Miguel, formado en una muy buena Escuela de Bibliotecarios (la del Museo Social Argentino). Poseedor de vasta cultura, era persona de consulta obligada, para magistrados, secretarios, profesionales del Derecho en general e investigadores. Los jueces del más Alto Tribunal, naturalmente, lo consultaban prácticamente a diario. Y aún así tuvo tiempo para tender la red con las Bibliotecas de las Cámaras nacionales y federales de apelaciones, interesándose por que cada Tribunal tuviese un profesional especializado a cargo de su biblioteca.

 

Fruto de la avalancha informativa que se abalanzó sobre el mundo en el último tercio del siglo pasado, no eran épocas fáciles de consumir y digerir información. Miguel siempre estuvo para difundir el conocimiento, para expandir sus horizontes, para formar a otros, para enseñar sin altisonancia y con modestia. Incentivaba a la investigación, a la búsqueda científica, a la publicación, sin las mezquindades de los soberbios porque no era ni mezquino ni soberbio, sino que tenía la humildad de los "grandes" en serio.

 

A la par de poseedor del "soft power" que es el conocimiento, era profundamente sabio de las lides tribunalicias. Eso era de un valor inapreciable para la comunidad forense. "Ubicarse" dentro de un tema, y sobre todo en el contexto de un expediente judicial que clama y reclama justicia, no es fácil. No es un ejercicio de laboratorio o de gabinete, transido de abstracción. Por el contrario, es intentar ayudar a dar solución a los conflictos humanos que son la base y el sustrato del Derecho, que como decía Holmes, no es lógica sino experiencia.

 

Danielian cosechó así innumerable cantidad de amigos en lo que Häberle denomina "la sociedad abierta de los intérpretes constitucionales". Por pertenencia, quienes más acudían a él eran los jueces. Y eso sin duda alguna jerarquizaba la faena jurisdiccional. Un juez desinformado jurídicamente es harto peligroso, y lo coloca en la puerta del prevaricato. Por ello la consulta de la magistratura judicial a Don Miguel era prácticamente obligada: para orientar, para ratificar o para rectificar conocimientos. Y como lógica consecuencia, ello revierte en los litigantes, al tener una sentencia más sólida, visto que el poder judicial no tiene como decía Hamilton ni la bolsa ni la espada, sino la persuasión argumentativa.

 

La fundamentación es el precio por sacrificar un derecho. No se puede decir a un justiciable, "consumidor de la jurisdicción" en términos morellianos, no porque no. Ahí hay una diferencia radical con el legislador. El autor de una ley no debe dar motivos de la aprobación de un texto, más allá de algunas líneas al comienzo de un proyecto, o de las intervenciones del debate parlamentario, cuando lo hay. El juez, por el contrario, está obligado legal, constitucional y convencionalmente a hacerlo.

 

Danielian no sólo catalogó y sistematizó en la función que desempeñó con tanta corrección. Se dedicó a publicar sistematizaciones o compilaciones —muchas veces en coautoría— de las constituciones provinciales argentinas (otrora "terra incognita" del derecho público argentino), del código procesal civil y comercial de la nación, de los códigos procesales civiles y comerciales de las provincias, de los recursos y procedimientos administrativos, del reglamento para la justicia nacional. Su actividad publicística era prolongación de sus servicios al Tribunal, y viceversa.

 

Miguel sin duda atesoraba la "memoria institucional" de la Corte, como lo han sabido tener algunos Secretarios y Ministros del Alto Tribunal. Ello le daba continuidad a funciones que no son ni políticas ni transitorias sino eminentemente técnicas y permanentes, y ayudaba a quienes accedían a la función jurisdiccional. Algo permanente debe haber en tanto fluir y devenir. Ello sin duda hizo a la "calidad institucional", como se dice ahora.

 

En épocas de las bases de datos, los motores de búsqueda y la conectividad permanente por Internet 2.0, se desdibuja el rol del bibliotecario con rostro humano. Craso error. Si el mal de siempre fue no tener información, el actual es la información en exceso, el ruido y la basura comunicativos. Siempre, en la versión papel y en la versión digital, se necesitan bibliotecarios Para encontrar en la carencia, o para hallar en la multiplicidad de "entradas".

 

Don Miguel fue eso: bibliotecario genial, cataloguista cabal y referencista extraordinario. La República debe a este profesional entero la gratitud por los servicios bien y leal prestados, que se prolongan por quienes formó y a quienes supo enseñar en el difícil arte de la bibliotecología jurídica. Descanse en Paz.

 

 



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